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Merwin Ponce

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Psychologist and Web Content Writer

My name is Merwin Ponce and I have been working with Talent Management for over a year, learning every day about processes associated with Personnel Selection, Personnel Training, Organization Development and Working Environment. Throughout this year, I have developed competencies as a speaker, dictating talks and lectures about working environment, assertiveness, interpersonal communications, solidarity and teamwork. Companies need to know the qualities and talents of their employees, and they can achieve this goal through the Human Resources personnel. Inside Work with Coffee you’ll find material on Personal Development and HR Management. The website’s main language is Spanish (SPA)

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Si tu arma es el amor, dejo mis manos al aire


Un momento de vulnerabilidad

Me di cuenta de que mucho del cariño que suelo expresar a esas personas que considero especiales es similar al que siento por mis familiares. Quizás por ser personas especiales debería ser un poco diferente. Quizás la idea de sentir algo especial por un ser amado me aterra. Existió un ser especial, el cual fue extraordinario y significa mucho para mí. Durante un accidente perdí a esa persona y me lamento cada día no haber podido confesar mis verdaderos sentimientos...

          Suelo alejar a las personas que quiero por la excusa del terror a ser herido. Sin embargo, me siento bien al saber que mi ser amado se encuentra feliz. No está mal decir que me comencé a sentir con una gran tristeza y con un enorme deseo de llorar, pero pienso que expresar esos sentimientos pueden causarme incomodidad.  Y este es justo el punto que deseo traer a la reflexión. A menudo solemos mostrarnos como invulnerables,  incluso incapaces de manifestar amor o algún otro sentimiento por las personas que nos rodean. Para protegernos, para evitar en la medida de lo posible que nos hagan daño, para escapar de la terrible posibilidad de salir heridos y para defendernos en esos momentos en lo que solemos ser más sinceros, en lo que nuestro propio yo no tiene caparazón alguna, ese momento en el que se encuentra expuesto y honesto. No importa cuán adaptativa sea esta capacidad en algunas ocasiones, evitar cualquier contacto sentimental no es la solución, nos aparta de una de las cosas más hermosa que tiene el ser humano, nos aparta de sentir y de aprender.

        Quería parecer confiado, seguro. Sin embargo, evitar mostrar todos estos sentimientos y emociones me hizo sentir de manera efímera esa seguridad y confianza que tanto he buscado. Como consecuencia termine ocultando todo eso que me hacía humano, con la ilusión de que ocultar significara desaparecer, pero fue todo lo contrario. Se acumularon en mí e incrementaron todo aquel malestar que traté de alejar. Irónico: no permitirme sentir despertó sentimientos en mí con mayor intensidad.  

        Este escudo que yo mismo diseñe para protegerme me impidió por tanto tiempo enseñar quien era realmente, que había detrás de tanta hostilidad e indiferencia. Me impidió centrarme en desarrollar esa confianza que tanto deseaba. Fue lo suficientemente fuerte como para bloquear cualquier oportunidad de expresar abiertamente mis sentimientos hacia otras personas.

        Nos criamos bajo el eslogan: tenemos que ser fuertes o eres hombres, los hombres no  lloran; que aprendimos a desarrollar juicios de valores tan duros contra nosotros mismos. Sobre todo cuando se trata de relacionarnos con terceros. Esa vulnerabilidad o ese concepto distorsionado de lo que significa ser vulnerable para mí siempre ha sido como aquella condición que no nos gusta enseñar, la parte más íntima de mi ser, llena de emoción, de inseguridades y de limitaciones.  Esa parte que me hace débil. Pero… ser vulnerable no significa ser débil, mostrarse vulnerable es abrir una puerta hacia el aprendizaje, solo alguien realmente fuerte y seguro puede mostrarse como es. Asumir cualquier inseguridad y aprender de ellas, esa será una de mis labores principales cada día, aprender de mí mismo. 

“Cuando todo parece caerse,
cuando el cansancio te agota aún más de lo que creías posible,
cuando nada parece lo que creías que era,
cuando la tristeza asoma por la ventana de tus ojos
sin que puedas esconderla,
la vulnerabilidad llega y te abraza
y también es ella la que te dice
“aquí sigues conmigo
como de costumbre
aprendiendo de mí,
andando camino
y sabiendo que soy
mi mismo reverso,
aquello que labras a través de mí,
la confianza.
No hace falta que huyas de mi
acompáñame amablemente
y podrás ver que la tierra
que sientes perder bajo tus pies
no es más que un camino que sigue
por nuevas sendas
y un camino donde conocer
nuevos colores de mi reverso”
Alexandra Farbiarz Mas

Sabías que todos, en cierta medida, somos prejuiciosos


Conversación de pasillo:

Yo: Hey hola! ¿Cómo estás? Te veo un poco distraída.
Otra persona (mujer): Hola! Si, últimamente he tenido problemas en mi relación
Yo: wow lo siento! A todas estas ¿Cómo se llama tu novio? Creo que nunca he preguntado nada acerca de él
Otra persona (mujer): No, no es mi novio, es mi novia
Yo: ¡Ah!, perdóname.

        El anterior dialogo lo traigo a colación para entender la importancia del prejuicio implícito. El preguntarle el nombre de su pareja fue una herramienta desesperada de alguien que no tenía el mas mínimo intereses de abordar la situación; pero no soporto, y podría sonar como un cliché, ver a una mujer entristecida, sobre todo si es conocida. Luego de aquella metida de pata me disculpé con la persona, pensando que le había impartido más seriedad a aquella relación de lo que ya  merecía. Esto es solo una situación que puede ocurrirnos a cualquiera que tenga amigos o se rodea de personas gays, lesbianas, bisexuales, o aquellos que estén explorando su orientación sexual. Este tipo de error, ya sea que esté basado en un prejuicio personal o social normativo hacia esta población en particular, es bastante bochornoso.

        En un post anterior les comentaba que aun cuando el prejuicio esté basado en normas culturales como por ejemplo que este sea socialmente aceptado y/o común en la sociedad y que por lo tanto lo hayamos aprendido mediante el proceso de socialización, no nos exime en tal sentido de la responsabilidad personal, este muy bien podría ser un error intencional o no intencional. Pero porque hago alusión a que puede ser intencional o no, esto es debido a que nuestra mente funciona con categorías, procesamos diariamente tanta información que es necesario que el cerebro realice las categorías de estímulos pertinente para que el proceso de generalización nos ayude a identificar cuáles son conocidos y cuáles no, y de tal forma evitar la saturación de información. Imaginen por un segundo como sería un día entero si tuvieran que identificar cuáles son las partes de un lápiz, cuál es su textura, como saber que es un lápiz y que no es un borrador, para qué sirve el lápiz, etc. O aprender de nuevo el camino a casa, con la infinidad de estímulos que se encuentran presentes desde que salen de su casa hasta la universidad/trabajo; o que tuvieran que aprender de nuevo el rostro de las personas para poder identificarlos todos los días, sería totalmente agotador. Una vez que están formadas estas categorías, estás constituyen la basa del pre-juicio normal. No hay modo de evitar este proceso. La posibilidad de vivir de modo algo ordenado depende de él.

         El prejuicio proviene de procesos básicos a nivel cognitivo en todos los seres humanos. Nuestra mente trabaja arduamente para poder simplificar toda la información que es percibida desde los sentidos. En este proceso, y de forma reiterada, nuestra mente organiza la información que percibe del mundo exterior en categorías generales donde se puede guardar organizadamente y luego encontrar, de ser necesario. Es así como surgen los estereotipos;  el estereotipar es una forma automática de categorizar en base a la pertenencia a grupos sociales y culturales. De hecho desde muy pequeños comenzamos a categorizar a los demás en base a características tales como el color de la piel, la etnia o el acento. Por lo que se puede decir que es un proceso automático, y de ser así, muy difícil de evitar.

        Tras un proceso profundo de reflexión, caí en cuenta que el ser estudiante de psicología me ha sesgado, me he envestido con el futuro rol de un profesional de la salud, con buenas intenciones y por lo tanto exento de prejuicios, como si formar parte de este gremio o cualquier otro del sector de la salud me exonerara de los prejuicios sociales y culturales que el resto de las personas del vulgo poseen ¡Incapaz! Pensaba. Pero la motivación psicológica de preservación en conjunto con el aumento de mi autoconcepto me llevó a darme cuenta tardíamente de que al igual que el resto de la población, pase por ese proceso de sociabilización, y por lo tanto, debo tener prejuicios y estereotipos. Verán, los seres humanos tenemos la tendencia de presentarnos como competentes y son estas estrategias de ejemplificación de situaciones que lo demuestran, las que pretenden nuestra presentación como seres dignos  y moralmente respetables. Desde primer semestre me sujeté a la idea de que trabajaría con n cantidad de personas por lo que la idea de generar sesgos en contra de personas basado solamente en su pertenencia a un grupo social determinada era incomoda, y lo sigue siendo. Cosa que tras profundos procesos de internalización deje a un lado de mi torcida mente.


        La posibilidad de tener prejuicios en base al género, raza, etnia y estatus socioeconómico es completamente natural por lo que no se preocupen, a no ser que sean de estas personas que quieren presentarse ante nosotros como buenas, moralistas y de buenas intenciones; hacerlo es ignorar que existen diversidades sociales y culturales. Y como reflexión, la diferencia entre mi persona el día de hoy, tras este proceso, y mi persona en los primeros semestres de la carrera, es sorprendente. Tenemos que tener el control consiente que ejercemos no necesariamente sobre la aparición de los estereotipos como tal, sino sobre no dejar que estos afecten nuestro comportamiento. 
MERWIN PONCE
+58-111-33-08
Caracas, Venezuela

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